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La embriaguez mística de Santa Teresa

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Si Marañón nos reconfortaba sobre el alivio vital que puede suponer, de cuando en cuando, empinar el codo, no es de extrañar que el vino también sea un alivio para una de nuestras máximas expresiones de espiritualidad como es nuestra Santa Teresa de Jesús. No queremos decir que la Santa anduviese empinando el codo en cada esquina (aunque existen algunos estudios que insisten en su afición, inconsciente como no podía ser menos en aquella época, a otros alivios muy semejantes y más contundentes), pero sí es cierto que el vino aparece en su obra en metáforas deslumbrantes y, además, muy frecuentes y repetitivas.
Hay un momento culminante, central en el camino de esa perfección espiritual, que conlleva el esfuerzo vital supremo, y aquí, en este esfuerzo, se alarga la mano divina para ofrecer el vino como símbolo de la ayuda prestada al alma, a su levantamiento del mundo terrenal: “Y anque en la Morada que viene se tratará más destas cosas... si después que Dios llega a un alma aquí se esfuerza a ir adelante, verán grandes cosas. ¡Oh, pues ver el desasosiego de esta mariposita, con haber estado más quieta y sosegada en su vida!, y es que no sabe donde posar y hacer su asiento,... en especial cuando son muchas las veces que la da Dios de este vino; casi de cada una queda en ganancia”.
Y Santa teresa nos ofrece, si cabe, una muestra más palpable, llena de potencia plástica y expresiva, de los apareamientos del vino: “¿No habéis oído, que ya aquí lo he dicho otra vez, aunque no a este propósito de la Esposa, que la metió Dios a la bodega del vino, y ordenó en ella caridad?” Es en el interior del vino, en la verdad de su crianza, en donde se introduce el alma y se entrega en las manos de Dios; y aquí es donde Dios hace “lo que quisiere de ella” y “la toma muy por suya”.
Y de nuevo la bodega vuelve a aparecer en trance místico: “esforzado con el esfuerzo que tiene el alma bebiendo del vino de esta bodega, adonde le ha traído su Esposo.” En la bodega se encuentra “el manjar que se pone en el estómago para dar fuerza a la cabeza y a todo él”, porque es en el esfuerzo de la oración cuando “las dos potencias comienzan a emborrachar, y gustar de aquel vino divino” y “se tornan a perder de sí, para estar muy más ganadas”.
Y en trances de apuro, donde el alma parece perderse, viene su “Magestad darles mantenimiento, y no de agua, sino de vino, para que embriagados con este vino de Dios, no entiendan lo que pasan, y lo puedan sufrir”.
El vino es el remedio de Dios para los no animosos y determinados a padecer. El vino, pues, como pócima divina. El vino de nuestra Santa como expresión de la espiritualidad y que, sin duda, habría probado con deleite en alguna de aquellas posadas donde moraba.
Carlos Iglesias

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