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Yo no pienso, bebo

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Uno de los tres grandes arquetipos de nuestra literatura es La Celestina (por supuesto los otros dos son Don Quijote y Don Juan), libro que representa el amanecer de una nueva época, fresca, moderna, vital; una obra que rezuma modernidad por doquier. La Celestina tiene el mérito de inaugurar, ya perfectamente cristalizada en su mismo nacimiento, la conciencia moderna, y atisbar el desarrollo posterior de esa conciencia que se irá abriendo paso hasta nuestros días. La Celestina rompe y hace añicos (por supuesto antes de tiempo) esa conciencia cartesiana y racionalista que nos ofrece el descarnado «yo pienso». Porque esta conciencia puramente intelectual jamás llegará a proporcionarnos la verdadera hondura de la existencia real; será siempre una conciencia pura que no logrará asir reciamente la realidad que transcurre a través de la conciencia sentimental, entreverada con la vida. La Celestina implanta el goce corporal: «Así goce de mí», el sentimiento por el cual nos hace más reales. El placer inunda toda la obra hasta el tuétano. Placeres corporales, nada místicos. En torno al cuerpo gira el desarrollo y devenir de nuestra existencia más plena. Ahí tenemos el acto IX, la comida entre Celestina, los criados y sus amantes, con el elogio del vino en primer lugar. La búsqueda del placer iguala a criados y señores. Incluso conduce a la más irreverente afirmación y se impone, en frase violenta y contundente, a la propia fe: «¿Tu no eres cristiano?, -pregunta Sempronio a Calixto-. ¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro, en Melibea creo, y a Melibea amo, -contesta Calixto-». Lenguaje virulento, devastador, que implanta la supremacía de lo mundano. Cervantes se percata de este aspecto cuando nos recuerda: «Libro, en mi entender divino si encubriera más lo humano». Pero es esta mundaneidad la que lo hace precisamente ser divino. Por esto, las raíces más profundas de nuestra vida tienen sus bases más firmes en los procesos vitales que siempre desembocan en el cuerpo. Y aquí tenemos el vino y el fino conocimiento de sus diversos placeres corporales, de sus complejas diversidades: «Pues vino, ¿no me sobrava de lo mejor que se bevía en la ciudad, venido de diversas partes: de Monviedro, de Luque, de Toro, de Madrigal, de San Martín, e de otros muchos lugares?, e tantos que aunque tengo la differencia de los gustos e sabor en la boca, no tengo la diversidad de sus tierras en la memoria, que harto es que una vieja como yo, en oliendo qualquiera vino, diga de dónde es». Y cuando el vino, por los avatares de la vida, escasea, el horizonte vital se empequeñece, y resulta imprescindible restablecerlo de nuevo: «Jamás me acosté sin comer una tostada en vino e dos dozenas de sorvos, por amor de la madre, tras cada sopa. Agora, como todo cuelga de mí, en un jarrillo ¡mal pecado! me lo traen, que no cabe dos açumbres. Seys vezes al día tengo de salir, por mi pecado, con mis canas a cuestas, a le henchir a la taverna. Mas no muera yo de muerte hasta que me vea con un cuero o tinagica de mis puertas adentro, que en mi ánima no ay otra provisión, que como dicen: pan e vino anda camino que no moço garrido. Assí que donde no ay varón, todo bien fallesce: con mal está el huso quando la barva no anda de suso. Ha venido esto, señora, por lo que dezía de las ajenas necessidades y no mías».

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